“El único legado que me ha dejado el Mundial ha sido un hijo en un ataúd”

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Hace seis años, un estadio moderno, que costó casi 650 millones de reales [algo más de 158 millones de dólares], se incorporó al paisaje de São Lourenço da Mata, en la zona metropolitana de Recife (este de Brasil), una de las sedes de la Copa del Mundo de 2014. Hace tres años y medio, a ocho kilómetros del estadio, Denílson, de 13 años, el hijo pequeño de la cocinera Vânia Maria da Silva, acabó brutalmente asesinado tras querer zafarse de los intentos de abuso sexual de su entrenador de fútbol. “El único legado que me ha dejado el Mundial ha sido un hijo en un ataúd”. La correlación entre la muerte del muchacho y el megaevento deportivo tiene su explicación en la sucesión de omisiones, promesas no cumplidas e ilusiones vendidas que ayudan a explicar la indignación de una madre en busca de justicia. El mismo año en que Brasil fue sede del Mundial, se firmó un pacto para prevenir atrocidades como la que devastó a la familia de Vânia. José Maria Marin, el por entonces presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) —hoy en una prisión de Nueva York por corrupción— firmó un documento en el que la entidad se comprometía con el Parlamento a adoptar 10 medidas para combatir el abuso sexual y el tráfico de menores en clubs y escuelas de fútbol.

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