Ni patria, ni Dios, ni Buch

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La ironía, como Dios y como el nombre rotulado de Miquel Buch, está en todas partes. El viernes la ironía apareció en Ausiàs March con Urquinaona, el escenario de una batalla monumental y salvaje. Los últimos manifestantes sostenían esa esquina como si fuese la última plaza de algo. Agachados entre los coches y pegados a las paredes, mantenían un enfrentamiento con la Policía cuando varios consiguieron, desde el fondo de la calle, un contenedor que empujar hasta la plaza y protegerse allí con él. La maniobra fue saludada con aplausos por ellos y también por algunos de los vecinos apostados en balcones y asomados a las ventanas (algunos usan láseres para apuntar a los ojos y molestar a los agentes). Apenas les dio tiempo a usar el contenedor como mínima trinchera, porque al rato apareció una caravana de furgones policiales para despejar la zona. El contenedor, sin embargo, se quedó en medio de la carretera: los policías lo aprovecharon como punto de control y allí estuvieron una hora. Dos de los agentes se sacaron el casco para enseñarse las secuelas de la durísima batalla.

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