Nos ponemos música porque estamos muy solos

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Primero fue una sensación bastante corporal, una experiencia concreta, situada. Todo empezó hace ocho años, en el pueblito de Grafenhausen, de donde vengo y donde vivo una parte del año. Desde mi casa veo las colinas y los valles que se extienden hasta los Alpes. En los atardeceres serenos, me encanta quedarme de pie y detenerme un momento ante la ventana abierta de mi habitación, observando el mundo y contemplando mi relación con él. Me fui dando cuenta gradualmente de que la manera en la que me relacionaba con el mundo y el mundo se relacionaba a su vez conmigo era ligeramente diferente cada día. Por supuesto, había una gran diferencia si el cielo era azul y despejado, los pájaros trinaban y una calidez fragante subía hacia mi ventana o si, en cambio, el cielo era gris, hacía frío y llovía. Pero no era sólo el mundo exterior el que cambiaba, también era la respuesta o la receptividad de mi propia mente y de mi cuerpo lo que se modificaba. Empecé a considerar la diferencia entre sentirse bien y sentirse mal, por decirlo así. Cuando me sentía animado, parecía como si el mundo se abriera ante mí; literalmente, tenía la impresión de que había una infinidad de cuerdas vibrantes, que cantaban y reverberaban incluso, yendo de un lado a otro, entre mí mismo y el mundo, llamándome, invitándome hacia el mundo. Me di cuenta de que estas cuerdas consistían, en parte, en otras personas: ahí afuera estaban mis amigos, esperándome; mi familia, a mi lado; mis colegas, que contaban conmigo; mi grupo de música, listos para tocar juntos; y un público más amplio de personas interesadas en leer lo que les quería decir. Pero también estaban las cosas por hacer que me llamaban, las tareas, los retos y las aventuras: la música, el deporte, el trabajo, incluso la política. Me sentía como si hubiera algún tipo de “interpenetración”, de “energía libidinosa”, como lo hubiera llamado Marcuse, entre el mundo y yo. Cuando estaba de mal humor esas cuerdas perdían su capacidad de resonar. Se volvían sordas y silentes. Ya no parecía que el mundo exterior cantase, más bien me clavaba la mirada de un modo casi hostil o se volvía indiferente por completo. Tenía, en verdad, la fuerte impresión de que las superficies del mundo se volvían duras, frías, me rechazaban. ¿Por qué el mundo cantaba y resonaba un día, y me miraba con frialdad y en silencio a la tarde siguiente? No parecía que fueran las grandes cosas de la vida lo que causaba esa diferencia. A veces, yo tenía “objetivamente” las razones de peso para sentirme satisfecho o feliz (éxito, dinero, salud, de todo), pero el mundo seguía siendo, a pesar de ello, sordo; y en cambio en otros momentos padecía una retahíla de fracasos y aun así los ejes de resonancia vibraban. A menudo eran las pequeñas muestras de reconocimiento o falso reconocimiento lo que marcaba la diferencia: un amigo casi olvidado que llamaba, un desconocido que me sonreía, un miembro de mi familia que demostraba su amor o su confianza. Y todavía lo sentía de un modo más intenso si venía del lado negativo: si no recibía la llamada que estaba esperando (por muy insignificante que fuera en cuanto a su importancia), si mi vecino no devolvía mi saludo o apenas lo hacía, si una conversación en familia se torcía…

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