Casco, niño, moto

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Claudio López siempre se iba antes de tiempo de los sitios. Mal equipado para la paciencia y con un umbral de aburrimiento muy bajo, dominaba el arte de la desaparición, hasta el punto de convertirlo en uno de sus encantos. Un extraño talento para la seducción en ausencia: cuanto menos estaba Claudio, más le quería la gente. Era capaz de convocar reuniones en su despacho y escabullirse a la mitad. A veces no era fácil desaparecer sin dar explicaciones: el trabajo de editor incluye una parte considerable de acompañar a los autores. Sin embargo, él se salía siempre con la suya, actuando de manera inesperada o farfullando alguna excusa surrealista que resumía, hasta hacer incomprensibles, varios argumentos. En una ocasión, para justificar que tenía que irse nada más cenar y dejaba tirado a un autor importante en un rincón inhóspito de la ciudad, intentó alegar que tenía que recoger a su hijo y solo tenía un casco para la moto así que no podía llevarle a ningún lado. Lo que dijo en realidad fue “casco, niño, moto” y aprovechó el desconcierto y la perplejidad que esas palabras generaron para subirse a la moto y desaparecer. Desde entonces, “casco, niño, moto” se convirtió en su lema, y en la mejor definición de su modus operandi.

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